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No, no llegaron todas

No, no llegaron todas. Las denunciantes de los gravísimos delitos que imputan a Félix Salgado Macedonio y a Cuauhtémoc Blanco no sólo tuvieron que soportar que sus agresores no fueran procesados, sino además sufrieron la ominosa humillación del apoyo del partido en el poder a los imputados.

La presidenta no pronunció una palabra de apoyo a las mujeres que se atrevieron a denunciar. Salgado Macedonio recibió un apoyo sostenido, vehemente, incomprensible de parte del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador para que fuese candidato de Morena a la gubernatura del estado de Guerrero a pesar de que pesaban en su contra varias denuncias por delitos de índole sexual, incluido uno de los más repugnantes y dañinos: la violación. La doctora Claudia Sheinbaum, como sus compañeras de partido, optó por el mutismo. Todo, incluso la ignominia, menos contrariar al líder supremo, al gran timonel.

Tampoco se manifestó la doctora Sheinbaum, siendo ya mandataria, respecto del posible desafuero de Cuauhtémoc Blanco, a quien su propia hermana acusó de tentativa de violación. La presidenta sabe, dada la incondicionalidad de sus legisladores, que una sola palabra suya hubiera bastado para que el exfutbolista y exgobernador del estado de Morelos fuese desaforado. Algunas legisladoras oficialistas, en un gesto de dignidad, votaron por desaforarlo. Pero la mayoría del partido gobernante y sus partidos satélites votaron por no retirarle el fuero. Una indecencia.

No, no llegaron todas. La presidenta no se tocó el corazón para ejecutar, con sus legisladores, la ilegal e injusta despedida de todas las juzgadoras del país –a la par que el despido de los juzgadores varones–, consumación de la venganza de López Obrador porque jueces federales y la Suprema Corte de Justicia invalidaron varias de sus iniciativas y decretos por inconstitucionales.

Juezas, magistradas y ministras vieron arruinado su proyecto de vida al tiempo que en el país se eliminaba la auténtica división de poderes. Fueron sustituidas mediante una tómbola seguida por una farsa de elección en la que participó uno de cada 10 ciudadanos y el voto estuvo orientado por acordeones.

No, no llegaron todas. Ya que no pudo protegerlos, es deber del gobierno la búsqueda de los desaparecidos, pero esa tarea la realizan las madres buscadoras, sin recursos ni respaldo oficial, arriesgando su vida para encontrar a sus seres queridos.

No ha perdido actualidad lo que escribió hace tres años Fernando Escalante: “El hecho solo de que existan, el hecho de que se organicen cientos de mujeres que buscan los restos de sus hijos en lotes baldíos, en el desierto, es testimonio de un horror para el que no tenemos palabras. La indiferencia hostil de las autoridades explica sobradamente lo que significan esas madres buscadoras –porque dan la medida exacta de la insignificancia del gobierno. La relación de las madres con el Estado supone una transformación radical del orden político: a las autoridades les piden si acaso unas palas para su búsqueda, o algo de gasolina, o tan sólo que no estorben, porque no se puede esperar otra cosa. Significa que al Estado no se le puede tener ningún respeto”. (México: el peso del pasado. Ensayo de interpretación, Cal y Arena).

Hace casi año y medio la presidenta aseguró: “No llego sola, llegamos todas”. La realidad ha mostrado que no, que no llegaron todas.