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La reforma electoral y los empresarios

Quedará en el terreno de la especulación por qué razón la presidenta Sheinbaum decidió mandar al matadero la reforma constitucional electoral, la joya de la corona de su proyecto de regresión autoritaria. Nadie se cree el cuento, y ella menos, de que era para cumplirle al pueblo que demandaba a gritos abaratar la democracia. Queda la incógnita si su plan B es el mismo que practicó López Obrador, consistente en convertir los cambios constitucionales en legales para que sean aprobados por sus mayorías absolutas en ambas cámaras. Pero, a diferencia de hace tres años, con la ventaja de que los partidos de oposición no suman 33% de los legisladores para iniciar una controversia constitucional y si lo consiguen con los verdes y los del PT, tiene a su disposición a los ministros del bienestar para que la SCJN dicte una sentencia equivalente a una violación tumultuaria de la Constitución.  

Total, como nadie puede hacer nada que legalmente revierta su chicanada, la 4T y Sheinbaum pueden asumir los costos políticos pensando que serán irrelevantes. Reflexionemos un poco para saber si lo serán. El primero es el deterioro severo de la imagen internacional del país por el adelgazamiento de la democracia a su mínima expresión. Se mantendrá la careta de la democracia porque seguirá habiendo elecciones –muy parecidas a las venezolanas, pero elecciones, al fin y al cabo— pero que no convencerán a gobiernos democráticos ni a la prensa mundial que genera opinión y consensos entre líderes y organismos multilaterales. México se consolidará en los rankings internacionales como un país con democracia fallida. La presidenta Sheinbaum también pagará en su imagen internacional pues se le caerá la careta democrática; será recordada como la que martilló los clavos del ataúd de la democracia construido por AMLO.

Recuérdese que los países agredidos hasta ahora por Trump tienen regímenes autoritarios, y no lo hizo porque quiera restaurar la democracia (nada más lejos de su primitivo imaginario militarista), sino porque por ser dictadores casi nadie sale en su defensa ni derrama lágrimas por los caídos. En otras palabras, México se vuelve más vulnerable.

En segundo lugar, le añadirá unos grados más al caldero de la polarización política del país no solo con los partidos de oposición (ignorados y vilipendiados una vez más), sino que añadirá a la lista de excluidos y traidores a sus dos ¿ex? aliados, incrementando la conflictividad en la coalición oficial; polarización que se incrementará sustancialmente el próximo año cuando, ante la pérdida de legitimidad de los procesos electorales, las disputas por comicios reñidos se conviertan en serios conflictos que podrían llegar a la violencia. Lo anterior, aderezado por la ya tradicional violencia política producto del involucramiento del crimen organizado en los procesos electorales –financiamiento ilegal, amenazas, asesinatos y secuestros de candidatos, intimidación de poblaciones, etc.— ya que la reforma electoral no incluyó ninguna estrategia para frenarlo.

Con una polarización y degradación de la política de tal magnitud, ¿cómo pensar en llamados a la unidad en caso de necesidad frente a un entorno internacional cada vez más incierto y un Donald Trump más agresivo y desquiciado, que no se cansa de reducir a México a un país de narcos?

En tercer lugar, modificar el marco electoral pasando por encima de la Constitución es un mensaje brutal de desprecio al Estado de derecho, que recuerda y actualiza la famosa y definidora frase (de un expresidente y su movimiento) de: “No me vengan con el cuento de que la ley es la ley”. La consecuencia directa de ese desprecio se llama arbitrariedad.  

Para que las relaciones cotidianas entre los ciudadanos, entre estos y los gobernantes y los millones de intercambios económicos que se realizan diariamente no deriven en un caos y en ingobernabilidad, se requieren la confianza y la certidumbre derivada del acatamiento de las reglas y normas que rigen la convivencia. Pero cuando la autoridad responsable de que se cumplan las leyes se autoproclama por encima de ellas, lo que está diciéndole a los ciudadanos y a las empresas es que va a actuar tan arbitrariamente como le parezca para sus intereses. Y como está en su interés permanecer en el poder indefinidamente para poder actuar arbitrariamente indefinidamente, la certidumbre y la confianza requerida en las relaciones sociales y económicas se irán degradando paulatinamente. 

La manifestación más grave de la erosión de la confianza en la actuación gubernamental apegada a derecho es la caída de la inversión privada, pues se frena y limita el crecimiento económico del país. Es la reacción individual natural de miles de empresarios ante la incertidumbre que genera la arbitrariedad del Estado: políticas públicas basadas en ocurrencias (congelamiento de rentas en la Ciudad de México, la última arbitrariedad, cortesía de la familia Batres), persecución fiscal injusta, Poder Judicial politizado; corrupción generalizada en la burocracia para cualquier trámite; licitaciones públicas de obras amañadas para los amigos de los funcionarios, etc.

Con la reforma electoral, el mensaje que Sheinbaum y Morena envían a los empresarios es el siguiente: esa arbitrariedad será para siempre, o por lo menos para varios sexenios más, pues ya no me podrán sacar por la vía electoral fácilmente. ¿Así quiere el gobierno que la economía crezca más de uno por ciento?

Lástima que tengamos una clase empresarial tan miope, que ha sido incapaz de defender con inteligencia y valentía los intereses de las empresas, es decir, de las condiciones que promueven y facilitan las libertades económicas, las inversiones productivas, el emprendimiento de jóvenes, la regulación justa y eficaz de los monopolios, que denuncian la corrupción generalizada en las contrataciones públicas.  Mientras no haya una estrategia empresarial inteligente para defender a todas las empresas y a la economía –no se trata de que los empresarios se conviertan en oposición política, sino en defensores de las condiciones para generar riqueza, pues esa es su tarea y responsabilidad— se mantendrá la inercia de una economía cada vez más endeble, al mismo tiempo que los grandes consorcios arrimados a la 4T se hagan más ricos. Nada nuevo en el horizonte.