El sábado pasado, Donald Trump reunió en Miami a 12 presidentes de América Latina para presentar el “Escudo de las Américas”: una coalición militar con el objetivo de combatir a los cárteles del narcotráfico, frenar la migración irregular y reducir la influencia de China en la región.
¿Quiénes asistieron? Argentina, Bolivia, Chile (representado por su presidente electo), Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago.
¿Quiénes no? México, Colombia y Brasil fueron quizá los ausentes más notorios: tres países con una historia significativa de combate al crimen organizado.
Más allá de presencias o ausencias, el foro y la iniciativa confirman una tendencia.
En noviembre, la X Cumbre de las Américas —el mecanismo formal de coordinación hemisférica— fue pospuesta por las tensiones políticas en la región. En su lugar, se convoca ahora un encuentro con invitados seleccionados, en buena medida, por su afinidad ideológica con Trump. Un espacio en el que Estados Unidos puede fijar la agenda sin ningún contrapeso institucional.
El presidente Trump no rechaza por completo el multilateralismo, más bien decide reemplazar selectivamente sus instituciones formales por estructuras bajo su control. El Escudo de las Américas es una expresión más de esa lógica.
Para México, esta iniciativa se suma a los instrumentos a disposición de la Casa Blanca para exigir acciones de este lado de la frontera. El mandatario estadounidense insiste en describir a nuestro país como “epicentro de la violencia de los cárteles”, mientras el Departamento de Estado abre la puerta a una futura adhesión, condicionada a resultados.
¿Deberíamos preocuparnos por estar fuera? En principio, no. Suscribir una coalición militar con una agenda definida por Washington implicaría aceptar un modelo intervencionista sobre un esquema de cooperación. El operativo que logró el abatimiento de El Mencho fue una señal de que nuestro país tiene capacidades propias para enfrentar al crimen organizado y un caso de éxito de la cooperación bilateral. La estrategia debería ser profundizar esa cooperación mientras se fortalecen esas capacidades, sobre todo, las de carácter civil.
Así, el problema no es la ausencia concreta de México en Miami, sino la ausencia simbólica de México en el hemisferio.
Nuestro país tiene la capacidad para impulsar una iniciativa regional de coordinación en materia de seguridad, lo que no tiene es voluntad para asumir esa posición.
La ausencia en Miami nos dignifica, pero sólo adquiere sentido con un liderazgo renovado de nuestro país en el multilateralismo formal. México tiene el peso diplomático para convocar acciones regionales de combate al crimen organizado transnacional, con pleno respeto a la soberanía de cada país. Ese liderazgo es factible y necesario. Mientras nadie asuma esa responsabilidad, Washington seguirá llenando ese vacío con la agenda y los socios que le convengan.
