Cada vez que estalla una crisis internacional ocurre lo mismo. Abrimos el periódico o encendemos la TV para ver a los mismos analistas, comentaristas y responsables políticos que apelan a la paz como si bastara con reclamarla para que aparezca. Puede ser una reacción loable y sincera, pero a menudo revela más un deseo que una lectura realista de la política internacional.
Aquí conviene recordar el trabajo de James D. Fearon, quien formuló una pregunta que sigue siendo incómoda para muchos: si la guerra es tan costosa para todos, ¿por qué ocurre? Y no exagero si digo que, 30 años después, su respuesta sigue siendo vigente para entender los conflictos internacionales. La guerra, sostenía, no suele surgir de una irracionalidad, sino del fracaso de las negociaciones entre actores que desconfían profundamente unos de otros.
En palabras terrenales, tenemos que admitir que los Estados rara vez comparten toda la información sobre sus capacidades o sus intenciones. Tampoco están seguros de que un acuerdo firmado hoy vaya a respetarse mañana. Cuando esa incertidumbre es demasiado grande, incluso un pacto aparentemente razonable puede parecer demasiado arriesgado. Ante esto, nos guste o no, el conflicto deja de ser una anomalía.
Por eso muchos de los llamados a la paz resultan ingenuos. No porque la paz sea indeseable, sino porque pedirla pasa por alto cómo funcionan realmente las relaciones internacionales. La historia muestra que la paz suele ser frágil y que descansa en equilibrios precarios de poder y credibilidad.
Una muestra para corroborarlo: el regreso de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos ha reactivado precisamente ese debate. Su enfoque más transaccional hacia alianzas y tratados ha reforzado una pregunta que encaja bien con el análisis de Fearon: ¿qué ocurre cuando los Estados dudan de que los compromisos internacionales vayan a mantenerse en el tiempo?
Además, la tensión internacional en torno a Irán en las últimas décadas refleja ese clima de desconfianza. Las disputas sobre su programa nuclear, la rivalidad regional y la participación indirecta de varias potencias crean un escenario en el que cada actor sospecha de las intenciones del otro.
La paz, en ese contexto, no desaparece porque nadie la quiera. Pero tampoco aparece simplemente porque muchos la pidan. En política internacional suele ser el resultado frágil de negociaciones difíciles entre actores que desconfían.
Dicho de otra manera, las apelaciones a la paz de Pedro Sánchez dicen más sobre la política española que sobre el conflicto que pretenden resolver.
