He escrito en este espacio sobre la escucha, y sobre escuchar a otro y escucharse a uno. Pero vayamos a situaciones extremas, a situaciones de escucha extrema. ¿A qué suena un neurótico, qué escuchamos en el discurso de ese sujeto? Seguramente se escucha una demanda, un reclamo, una falta, en un discurso que carece de consistencia pero grita dolor. ¿Y en el caso del psicótico? Ahí escuchamos un delirio, enhebrado alrededor de un vacío: el delirio de lo que no es (pero sí es para el delirante) y que grita desespero.
¿Y qué se escucha en el caso de una depresión profunda, clínicamente grave?
Nada.
Escuchamos… silencio. Pero ¿a qué suena el silencio?
Asegura Massimo Recalcati (Clínica del vacío, editorial Síntesis) que la depresión forma parte de lo que él llama la “clínica del vacío”, oponiéndola a una tradicional “clínica de la falta”. En la segunda habría un objeto que puede ser sustituido por otro; en la primera hay vacío, hay nada. Y lo endemoniadamente difícil es lograr escuchar el silencio de un depresivo, es decir: el silencio del vacío.
El tema de la depresión y de la ausencia de escucha (o de la casi imposibilidad de escucha) me ha recordado entonces a Anne Sexton, la poeta —odio la palabrita poetiza— estadounidense, que padeció la depresión en carne propia como pocas personas. Y en este mes de la mujer es justo recordar a Anne.
Y me gustaría recordarla (aunque sin medirme con él, obvio) como lo hizo Peter Gabriel en su grandiosa “Mercy Street”, canción que dedicó a Anne y a su silenciosa lucha en contra de la depresión, ese terrible mal (carente de escucha) que carcome a tantos millones de almas.
“Soy un conjunto de cosas que fueron un casi”, escribió Sexton en una de sus cartas.
Hay en la depresión la admisión íntima de haber fracasado en la vida y de ser una nada o punto menos que nada. Pero esa idea y aceptación genera un dolor muy profundo en el alma.
Con cierto humor, Anne escribió en un poema:
“Creo que la depresión aburre
y sería mejor que me ocupara en preparar
una sopa y encender la cueva”
(Recuerdo aquí los poemas de Gabriela Sotomayor, poemas sobre la escoba, el planchado permanente de la camisa, la mancha que tercamente se resiste a ser eliminada, o sobre esa mañana hueca que resuena a nada, una vez que todos abandonaron la casa común para ir a la escuela o al trabajo, poemas sobre las íntimas pérdidas ínfimas que sólo importan al ama de casa que se queda sola)
Peter Gabriel comprehende a Anne muy bien cuando canta:
“Dreaming of the tenderness
The tremble in the hips
Of kissing Mary's lips”
(“Soñando la ternura
El temblor de una cadera
Al besar los labios de María”)
El anhelo profundo de Anne, entendió Peter, fue el deseo de la ternura y de la capacidad de escucha. Pero… nadie escucha al deprimido o a la deprimida. Se requiere de un oído muy aguzado para escuchar (diría Paul Simon) “los sonidos del silencio”, canción que no por nada empieza así:
“Hello, darkness, my old friend
I've come to talk with you again
Because a vision softly creeping
Left its seeds while I was sleeping
And the vision that was planted in my brain
Still remains
Within the sound of silence…”
Aprendamos o volvamos a aprender a escuchar el silencio.
