Durante mucho tiempo, los gobiernos de México han tenido como referente casi único a los modelos de gobierno de occidente: a Estados Unidos y a las democracias europeas. Sus instituciones, su arquitectura jurídica, la política económica, y hasta los elementos culturales han servido de brújula para generaciones de tomadores de decisiones mexicanos. Muchas de las ideas importadas de esos horizontes han transformado nuestro país, otorgando estabilidad y desarrollo. Muchas otras no.
El problema es que nuestra realidad nacional no se asemeja a esas poblaciones e historias, ni a su manera de pensar y concebir el mundo, siendo esta una de las muchas razones por las que no hemos conseguido el mismo éxito. Hay otras regiones del mundo, de condiciones similares a las nuestras, que sí lo han logrado. Tal vez es momento de aprender de ellas.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Japón era un país, o más bien imperio, destruido. Su economía había colapsado y sus ciudades más importantes estaban en ruinas. A pesar de todo esto, para la década de los 80, ya era la segunda economía del mundo.
En términos de PIB per cápita, su nivel era comparable al de México.
Japón apostó por dos ejes fundamentales: una industrialización agresiva que priorizó sectores estratégicos (acero, electrónica y automotriz, entre otros) con apoyo estatal directo, y una reforma educativa profunda que permitió que la educación técnica y científica se convirtieran en pilares nacionales.
Hoy, su vecino se ha vuelto incómodo e inevitable. China, una potencia con agenda propia y grandísima influencia política y económica, es imposible de ignorar. La situación se asemeja a la que vivimos con Estados Unidos. Lo que es diametralmente opuesto, es la relación en sí.
Por otro lado, está Corea del Sur. En los años 70 era un país pobre, con un PIB per cápita inferior al mexicano y una historia reciente marcada por la guerra, la división y la dictadura. Era gobernada de manera autoritaria, con recursos naturales sumamente escasos y una geografía que no le favorecía. Además de su vecino incómodo (Corea del Norte), tenía una dependencia militar y económica profunda de Washington.
A través de grandes conglomerados industriales, y con gran respaldo estatal, atrajo inversión y talento, canalizándolos a sectores estratégicos como la tecnología, en los cuales hoy son punteros. Al mismo tiempo, implementó una política de formación de capital humano casi sin precedente, basada en el acceso masivo a la educación superior.
El éxito surcoreano se dió de dos maneras. Para ellos gradualmente, para nosotros, de repente. Pero nada es casualidad. Hoy están cosechando los frutos de la implementación de políticas públicas con una visión a largo plazo a través de cada pantalla, automóvil y contenido televisivo reproducido alrededor del mundo.
Esto no quiere decir que Japón o Corea del Sur representan un modelo perfecto. No son paraísos. Ambos arrastran problemas estructurales serios, pero buscan otro enfoque para abordarlos.
En cambio, México lleva décadas reciclando las mismas recetas con los mismos resultados. Miramos al norte y a occidente con la esperanza de que nos iluminen, y, tristemente, seguimos cosechando la misma mediocridad.
Cambiar de referentes no garantiza el éxito, pero hacer lo mismo y esperar resultados distintos sí garantiza lo contrario.
Pensemos en otros horizontes.
