En nuestro encuentro anterior concluimos que los problemas públicos, por más retorcidos que parezcan, se pueden resolver. Los casos del tráfico en Curitiba y la inseguridad en Medellín mostraron que las sociedades podemos padecer nuestros problemas como una maldición inevitable o convertirlos en oportunidades para mejorar.
También vimos que, aunque esa es la función de los gobiernos, en el México de hoy no es una apuesta inteligente esperar que quienes nos gobiernan resuelvan nuestros problemas públicos.
La buena noticia es que, como veremos, quien tiene la capacidad de solucionar un problema suele ser quien lo provoca. Pero vamos por partes.
El primer paso para resolver un problema —público o no— es entender en qué consiste realmente, y eso implica identificar qué lo provoca. A menudo confundimos los síntomas con la enfermedad.
Cuando analizamos las causas de esas “enfermedades” que llamamos problemas públicos, descubrimos que en realidad son “problemáticas públicas”. La diferencia es clave: mientras un problema es una situación concreta que impide lograr algo, una problemática es una trama compleja formada por varios problemas relacionados entre sí, que generan tensiones y conforman un fenómeno multifactorial.
Bajo esta lógica, lo que entendemos como problemas públicos de inseguridad, tráfico, contaminación o escasez de agua no son problemas, sino problemáticas. Y para resolverlas necesitamos identificar los problemas específicos que las componen, pues son estos los que realmente podemos atender.
El tráfico, por ejemplo, no es un ente misterioso que aparece cada mañana. Surge de un transporte público insuficiente, un parque vehicular creciente, horarios coincidentes… y miles de decisiones cotidianas: estacionarse en doble fila, bloquear un cruce, preferir viajar solo. El tráfico no es algo que nos pasa: es algo que producimos con nuestros comportamientos.
La falta de agua es igual. El grifo seco es apenas la consecuencia visible de una cadena de factores: infraestructura vieja que pierde 40% en fugas, procesos agrícolas obsoletos, sobreexplotación de fuentes, falta de tratamiento de aguas residuales, deforestación de cuencas y hábitos de consumo que ignoran la realidad de un recurso finito.
Y así, invariablemente, si analizamos cualquier problemática que aqueja a nuestra ciudad, estado o país, veremos que detrás de ella —en mayor o menor medida— están los comportamientos de personas como tú y yo. Comportamientos que no puede cambiar el gobierno ni nadie más que tú y yo.
Esta semana te invito a observar tu entorno con este lente: no veas las problemáticas, sino los problemas que las generan. Y trata de identificar los comportamientos que alimentan esos problemas. Tal vez empieces a ver con claridad los hilos que sí podemos jalar desde la sociedad para empezar a desenredar nuestra madeja nacional.
La próxima semana daremos el siguiente paso: cómo intervenir estas problemáticas organizando estratégicamente sus problemas y causas.
