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Rescatar a Benito Juárez de Morena

Esta semana, como parte de nuestro arraigado santoral republicano, conmemoramos los 220 años del natalicio de Benito Juárez. Pero, como tantas cosas en nuestra menguante República, los festejos oficiales encierran una contradicción. Morena, como todo movimiento populista, vive de un juego de espejos: proclama lo contrario de lo que hace. Desde esa ilusión, el movimiento más antiliberal desde el golpe de Huerta contra Madero se ha apropiado del mayor símbolo del liberalismo mexicano.

La razón de esta apropiación fraudulenta responde a otra lógica del populismo: su pretensión de encarnar a la nación entera. Tras la Revolución de Ayutla, la Guerra de Reforma y la victoria liberal sobre el imperio de Maximiliano y las tropas de Napoleón III, el liberalismo se volvió un movimiento popular equivalente al patriotismo: ser patriota era ser liberal y viceversa. Años después, esa simbiosis unió a los revolucionarios de inicios del siglo XX —primero contra Porfirio Díaz y luego contra Victoriano Huerta—. Así, Benito Juárez se convirtió en el símbolo republicano más poderoso: encarnaba movilidad social, pluralismo y la fusión entre liberalismo y nación. Juárez y México eran lo mismo. Sin ese símbolo —junto con la Independencia y la Revolución— la pretensión hegemónica de Morena quedaría fracturada.

Sin embargo, las ideas, acciones y el programa de gobierno de Benito Juárez y de la brillante generación liberal que lo acompañó —Ponciano Arriaga, Melchor Ocampo e Ignacio Ramírez, entre otros—, así como las luchas de liberales anteriores como Mora o posteriores como Madero, son la antítesis de las políticas de Morena.

Juárez y su generación encarnan, como explica John Womack, lo que Jesús Reyes Heroles llamó liberalismo social, hoy cercano al liberalismo igualitario. Tal vez se resume mejor en la frase de Manuel Azaña: “socialista a fuer de liberal”. Para que todos fueran libres, era necesario ampliar las oportunidades de los marginados. Con ese fin reorganizaron el país en torno a la libertad y el bienestar individual. Combatieron los fueros e instauraron la igualdad ante la ley; establecieron la división de poderes; ampliaron el sufragio directo; defendieron el trabajo libre frente a gremios y latifundios; limitaron el poder de la Iglesia y afirmaron la libertad de culto; le dieron mando civil a la Guardia Nacional para limitar a los militares; promovieron el libre mercado y, sobre todo, la educación, cuyo punto culminante fue la Escuela Nacional Preparatoria impulsada por Ignacio Ramírez y Gabino Barreda.

Juárez y sus liberales fueron la vanguardia de la tarea histórica del liberalismo mexicano: construir un gobierno limitado sobre un Estado fuerte para garantizar la libertad de todos frente a las fuerzas corporativas que buscan lo contrario: un gobierno sin límites sostenido por un Estado débil que preserve privilegios y dominación.

Ese —pese a su retórica— ha sido el camino de Morena: subordinar la ley a la voluntad del líder; erosionar la división de poderes; inclinar la cancha electoral; militarizar la Guardia Nacional y encomendar a las Fuerzas Armadas tareas civiles; pactar con poderes fácticos para restaurar fueros modernos. A los líderes sindicales se les devolvió el control de las escuelas; a antiguos monopolios y oligopolios se les restituyó el dominio de mercado al desmantelar reguladores, y a las mafias se les concedió margen bajo la política de “abrazos no balazos”. El saldo: economía estancada y vida independiente asfixiada.

Reconstruir el liberalismo mexicano del siglo XXI para garantizar la vida independiente de todos exige autocrítica. La primera es haber entregado nuestros símbolos. El primero paso debe ser recuperarlos. La lucha liberal debe tener tres frentes: las calles, las ideas y los símbolos.