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De narcoterroristas, fantasías y diplomacia

La explosiva mezcla de ignorancia y narcisismo de Donald Trump tiene a México al borde de operaciones militares para destruir a los cárteles del narcotráfico. Hagamos un poco de memoria para entender en toda su dimensión la amenaza. Hasta el año pasado los integrantes de los cárteles eran delincuentes, sujetos a la persecución policial y a procesos judiciales para, en caso de que se les pruebe su culpabilidad en un juicio justo y legal, aplicarles los castigos correspondientes. Haberlas declarado como organizaciones terroristas en febrero del año pasado, cambió todo ese marco de actuación.

Pertenecer a una organización terrorista significa convertirse en enemigo de Estados Unidos, y a diferencia de los delincuentes que tienen derechos, a los enemigos se les elimina sin necesidad de demostrar nada. Como a los tripulantes de las lanchas que, en el Caribe, han sido asesinados sin clemencia con misiles teledirigidos solo porque alguien creyó que transportaban drogas. Así de simple y brutal. Quien los persigue ya no son policías y fiscales, sino marines y drones, no para llevarlos a juicio, sino para convertirlos en cenizas. Ahora Trump tiene facultades para utilizar el poderío bélico y destruir a los cárteles con acciones de guerra. No tenemos idea de qué tipo de operaciones bélicas decidirá, pero ya declaró que el único límite a su poder es su propia “moralidad”, o sea, ninguno.

Saberse el ser más poderoso del mundo por tener a su disposición un aparato militar demoledor y jugar con él, como lo está haciendo en Irán, es propio de enfermos de narcisismo (según la definición científica un narciso es una persona con un sentido grandioso de su importancia, con fantasías de éxito ilimitado, con la creencia de ser un ser superior, con ausencia total de empatía, entre otras). En el caso de las amenazas a México, su suma la ignorancia de cómo solucionar los problemas como el narcotráfico. El único sustento para pensar que operaciones como la “extracción” de capos o narcopolíticos, bombardeos de laboratorios o, caso extremo e improbable, una invasión mayúscula para erradicar a los casi 200 mil integrantes de los cárteles solucionarán el problema del narcotráfico, es el éxito taquillero de las películas de Rambo. La realidad es muy distinta a las fantasías del habitante de la Casa Blanca.

La lucha de EU contra el terrorismo islámico lleva por lo menos 25 años e incluye dos guerras con cientos de miles de soldados de EU invadiendo y ocupando por completo dos países (Irak y Afganistán) durante años; se tardaron 10 años en capturar y eliminar a Osama Bin Laden y desarticular a Al-Qaeda, que se transformó en ISIS y se desparramó por todo Medio Oriente. El terrorismo no despareció pese al poderío militar y económico de EU. Pero las consecuencias humanitarias, políticas y sociales de esas guerras han sido devastadoras.

Las reacciones mesuradas de legisladores demócratas argumentando la estupidez de acciones bélicas contra México y del embajador de EU en México apelando a la colaboración bilateral en materia de seguridad son nuestra esperanza, pues revelan que todavía hay voces sensatas en Washington contra la locura ignorante y narcisista de Trump.

¿Sería mucho pedir que además de cabeza fría y la trillada pero inútil defensa discursiva de la soberanía, la diplomacia mexicana –desaparecida hace buen rato— identifique, convoque y reúna a todas esas voces para construir un contrapeso dentro de EU con más probabilidades de detener las fantasías tipo Rambo de Donald Trump? Y de paso que la presidenta comience a romper la complicidad con los narcopolíticos de todos los partidos, como medida preventiva.