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Disonancias cognitivas

Desde hace tiempo México padece un serio problema de disonancia cognitiva. Como es sabido, este trastorno se expresa cuando las creencias de las personas (o países, para el caso) entran en conflicto con sus comportamientos.

Por ejemplo, México busca ser un actor global, pero tiene una propensión genética, por temor o inseguridad, al aislamiento. Quiere ser competitivo, pero crea incentivos perversos, como la reforma judicial, para ahuyentar la inversión privada. Pretende repartir dinero a tontas y a locas para comprar votos, pero no entiende cómo crece la economía. Dice querer acabar con la corrupción, pero duerme con ella cada noche. Cree tener una presidenta poderosa, pero la vapulean por todos lados.

Pero hay otra clase de disonancia que se advierte poco, que lastra gravemente la claridad que necesita el país para articular los elementos que den cuerpo al relato de lo que quiera ser. Este déficit es cada vez más notorio en la explosión de analistas de todo tipo y calidad que abordan asuntos tanto de cierta importancia como de la picaresca o que buscan rentabilidad política para lo que se ofrezca. Los primeros no alcanzan densidad ni influencia suficientes como para integrar una conversación pública y los segundos son tan coyunturales que aparecen donde pueden y desaparecen rápidamente. El común denominador es que ambas categorías no pasan de ser, diría don Luis González y González, “grito sin eco”.

Más aún, en el terreno del lucro editorial, los opinadores de las oposiciones y los cortesanos del gobierno guardan ciertas similitudes y esto tendrá un enorme costo político a la hora en que los primeros, que es el grupo importante, quieran alimentar una narrativa útil para el cambio político. Conviene detenerse solo en estos porque los cortesanos, que aparecen en las páginas y pantallas del régimen, son irrelevantes y desechables mediante chamba, cheque o sobres.

Los analistas de oposición están concentrados en hacer política y ganar terreno, lo que es válido y legítimo. Algunos están instalados en la ecuación de que lo importante no es ser ni hacer sino aparecer en las redes, ir a todas, porque, entonces, “existen”.  Otros se curan en salud (y en una cierta dosis de cobardía o miedo) con el marbete de ser “independientes”, lo que en política no existe. Se puede tener o no adscripción partidaria, pero todos tienen filias, fobias, simpatías, antipatías o intereses de todo tipo.

La pregunta es si esta modalidad sirve para algo o no, si llega al ciudadano de a pie o no, si atrae al votante promedio o no. Esa cohorte, formada lo mismo por quienes hacen política desde un café o un cubículo académico, comparte ciertos rasgos: citan a autores de moda, asumen que sus lectores están suscritos a la American Economic Review, o recomiendan a fin de año sus libros preferidos… en inglés. Pero la incógnita es si comprenden que ganar discusiones no significa ganar elecciones.

Desde un punto de vista racional esa metodología debiera funcionar, pero, como se ha visto en numerosos países, la psicología del elector promedio, que es la abrumadora mayoría, es emocional, subjetiva, opera con el hígado, el corazón y el bolsillo y rara vez solo con la cabeza. Y la política real, cruda y dura como es, no se hace desde la laptop sino en los barrios y calles del variadísimo tejido social, económico, cultural y urbano de los muchos Méxicos. Digamos las cosas como son: la distancia entre los analistas citadinos y el elector mexicano, al que no le importa en exceso la democracia ni la transparencia sino el bono gubernamental y la ley del menor esfuerzo, es abismal.

Entonces, para la efectividad de quienes hacen esas aportaciones analíticas, allí está una trampa que, si no se comprende a cabalidad y se sale de ella, no será políticamente útil. No insinúo que deje de hacerse; lo que sostengo es que va todo junto: hay que ir tras el votante de a pie que está arriba y abajo, en la colonia y el ejido, en la periferia y el centro. Puesto de otra forma, como observa Michael Reid, los electores de carne y hueso no buscan utopías ni categorías sofisticadas, sino llegar a fin de mes, conseguir un empleo estable, poner comida en la mesa y, sobre todo, mantenerse seguros. Y esta es una lección que las élites comprenden poco.

La disyuntiva, en otras palabras, no está en el glamour de las disquisiciones librescas sino en el modesto objetivo de ganar elecciones y tener poder.