La semana pasada, en El Universal, el excanciller Jorge Castañeda Gutman sostuvo —con razón— que no vivimos un declive del poder estadounidense, sino “una fuerte y renovada hegemonía norteamericana”. Los límites a su poder, afirma, no provenían del exterior sino del interior. Como explica Alan Ryan, Estados Unidos nació del equilibrio que Madison trazó entre el impulso imperialista de Hamilton y el republicanismo de Jefferson. Esa tensión —imperio y república, como en Roma— ha marcado su historia: a veces domina la ambición imperial; otras, sin desaparecer el ímpetu de dominación, resurge el espíritu republicano. En los albores de la Segunda Guerra Mundial, al prepararse para enfrentar al fascismo, Estados Unidos atenuó su rostro imperial y acentuó el republicano. Como declaró Franklin D. Roosevelt en 1945, citando a Emerson: “La única manera de tener un amigo es ser uno”.
En la década de 1960 ese semblante republicano se reforzó. La Alianza para el Progreso de John F. Kennedy fue una señal. Más decisiva fue su segunda democratización: la lucha por los derechos civiles impulsada por sus minorías marginadas. Aun así, como bien sabemos en América Latina, incluso en tiempos de moderación la garra imperial apareció cuando percibía —real o imaginado— un riesgo para su primacía geopolítica.
Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, el rostro imperial empezó a eclipsar al republicano. Con la irrupción de Donald Trump, ese giro se volvió explícito: un imperialismo que sigue, sin recato, la lógica de Trasímaco —la justicia es lo que conviene al más fuerte—. La novedad de la doctrina “Donroe” no radica solo en ejercer la hegemonía sin ropaje liberal, sino en su origen: el debilitamiento de los contrapesos dentro de la propia república estadounidense. Ahí convergen populismo e imperialismo.
El populismo —como hemos sostenido en Movimiento de Independencia— nace, como canto de sirena, de una promesa de justicia social que forja una identidad entre los marginados. Pero al llegar al poder proclama que su líder o movimiento es el único intérprete del pueblo y se apropia de la soberanía popular. Nada puede limitarla: la voluntad del pueblo —en realidad, la del líder— no tiene oposición. De ahí la demolición de los contrapesos republicanos: el Estado de derecho se subordina, el Parlamento se elude con decretos y el Poder Judicial se ignora o somete. La promesa de justicia social termina en dominación arbitraria.
El imperialismo también nace del impulso de dominar. La lógica del imperio español del siglo XVI se resumía en “gloria, Dios y oro”. Como explica Alan Knight, su traducción moderna sería: prestigio nacional, proselitismo ideológico y riqueza. Ni los imperialismos ni los populismos son homogéneos. En el siglo XIX, por ejemplo, el imperio británico en América Latina buscó sobre todo riqueza y mostró menos interés por el prestigio o la conversión ideológica. El imperialismo “Donroe”, en cambio, combina la búsqueda de gloria y riqueza —personal, familiar y oligárquica— con un adoctrinamiento ideológico más tenue.
La novedad explosiva es la unión entre populismo e imperialismo. Ambos comparten una misma lógica: ejercer el poder sin límites. El populismo busca la dominación interna; el imperialismo, la externa.
El problema —pese a la comprensible esperanza de que la dinamita se disipe cuando Trump abandone el poder— es que populismo e imperialismo no son el capricho de unos iluminados, sino síntomas de la crisis del liberalismo en el siglo XXI que abordaremos en los siguiente capítulos de Movimiento de Independencia.
