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La estrategia del décimo hombre

La Suprema Corte, producto de las elecciones, se compone de nueve integrantes. A lo largo de estos meses, han sido varios los desaguisados en que han incurrido todos y cada uno, que van desde estampas pintorescas en las que son protagonistas sus atuendos hasta innecesarias confrontaciones subidas de tono entre ellos mismos. En medio de lo anterior refulge la inconsistencia jurídica y un mismo ánimo: el adanismo.

Esa palabra indica el hábito de repudiar y hasta de derruir lo hecho por otros, los predecesores más próximos. Quien lo padece es un alucinado que cree que con él comienza el verdadero esplendor y que la ruina que deja es el hito que marca un antes y un después. Para la época que supone estar inaugurando, presenta con bombo y platillo “soluciones” que piensa novísimas pero que en realidad ni son soluciones ni tienen novedad alguna, porque más bien se trata de añejos experimentos fallidos que no merecieron de la historia sino ser desechados porque ni el sentido común ni la realidad les sentaron bien. No conviene al país la versión adánica de la Suprema Corte.

Hay una película que tal vez ustedes conozcan: Guerra mundial Z. Cuenta la historia de cómo se disemina, imparable, una infección que hace de los seres humanos zombis agresivos. No hay cura posible, aunque al final se descubre que hay un método asombroso para detener los ataques de los infectados. Queda claro que si se hubieran contenido los primeros brotes, enjaulando o cercando a los muertos vivientes, el mal no se habría esparcido como reguero de pólvora.

El problema es que, en tanto, nadie creyó que los zombis fueran reales. Nadie se tomó en serio las primeras señales de que algo así de fantasioso estaba realmente ocurriendo, y para cuando vino la confirmación ya no había nada que hacer. Digo “casi nadie”, porque en alguno de los gobiernos sí se logró, al menos en un principio, contener la amenaza. En ese gobierno imperaba la “regla del décimo hombre”. Esta regla dice más o menos lo siguiente: cuando hay unanimidad entre quienes toman decisiones de que algo grave no puede ocurrir, de inmediato se exige que intervenga alguien que actúe como si la amenaza fuera real y tome decisiones que partan de esa base. Ese alguien es el décimo hombre. Este debe asumir la verdad de la amenaza, por más improbable que parezca, y disponer de todos los recursos orientado a contenerla, y es a este hombre al que hay que hacer caso. En la película, el décimo hombre logra contener la expansión de los contagios cercando por entero la ciudad con muros y fosos capaces de detener el avance de los muertos vivientes, desde antes de que hubiera confirmación directa e incontrovertible. Dice el personaje: “Todos supusieron que los zombis eran realmente otra cosa. Yo empecé a investigar suponiendo que cuando dijeron “zombis” querían decir zombis”.

Pues bien, hay indicios de que en el corazón de la duodécima época prevalece el sino de derrocar el derecho establecido por el solo prurito de haber sido puesto por la Corte previa. En un asunto público como es la firmeza de las sentencias y cuando hay el riesgo de que se pulvericen los límites de lo que se puede hacer y de lo que no, conviene actuar como el décimo hombre y tomarnos en serio la amenaza. A esos nueve integrantes de la nueva Suprema Corte, hace falta el juicio de un décimo integrante: ese papel debemos ocuparlo nosotros, la sociedad civil.