Hay un restaurante en la colonia que lleva tres años a punto de cerrar. Todo el mundo lo sabe. Los meseros lo saben. El dueño lo sabe. Y sin embargo, ahí siguen: abriendo a las dos, cerrando tarde, poniendo la misma música como si el local fuera una persona que todavía no ha aceptado su diagnóstico. Fui hace poco. Pedí lo mismo de siempre. Salí sin despedirme. A los cuarenta y tantos uno empieza a acumular despedidas sin nombre. No …
