Han pasado ocho décadas desde que Schumpeter advirtió con buen juicio que la democracia no es el pasaporte al paraíso prometido ni el Santo Grial ni el gobierno del “pueblo” sino un mecanismo pacífico, periódico y competitivo para seleccionar y cambiar, mediante reglas, a las élites que gobiernan. Pero como suele suceder, las sociedades, sus valedores y analistas, y algunos de sus líderes decadentes, como los reunidos días atrás en España (porque hasta donde sé Barcelona es España), prefieren la …
