Tengo una confesión: odio salir. No siempre. No a todos lados. Pero sí a la mayoría de lugares a los que me invitan. Y no porque sea misántropo ni porque esté deprimido. Simplemente porque prefiero mi casa. Mi sillón. Mi control remoto. Mi derecho constitucional a no tener que fingir que me divierte estar parado en una terraza con un trago tibio, gritando para sostener una conversación que nadie quiere tener. Pero no puedes decir eso. Porque en este país …
